Monosabios
En la plaza hay valor, pero hay muchos tipos de valor. Todo el mundo lo ve en el torero, en el banderillero e incluso, en ocasiones, en la multitud que deambula por el callejón. Para presidir hay momentos en que hace falta valor, al igual que para arrastrar con las mulillas. Todo aquel que directa o indirectamente se acerca al toro, necesita un cierto grado de valor. Un amigo me confesaba que el toro ya muerto, arrastrado y listo para el despiece, le producía temor. Allá en el fondo temía que aún le quedase un hálito de fuerza y se levantara. La simple suposición le atemorizaba.
Pero de entre todos los intervinientes, el valor menos apreciado suele ser el del monosabio. De alguna manera nos hemos acostumbrado a ver al monosabio sujetando las riendas del caballo a escasos centímetros del toro. Sin ninguna protección, sin defensa aparente, interviene en el tercio de varas a cuerpo limpio. Realiza cortas carreritas entre las tablas y el caballo según vaya empujando el toro. Golpea la grupa del caballo para que no se raje y aguante la embestida.
En una ocasión el toro derribó a montura y jinete. El toro se encelaba en el vientre protegido del caballo, mientras el picador apuntaba con una pierna a la Giralda, con la otra al dedo de Colón y sus manos se agitaban como aquel que no sabe nadar y trata de mantenerse a flote. Me sorprendió que el monosabio saltara rápidamente de la barrera y, tras echar un rápido vistazo al picador, no le hizo ni caso. Se abalanzó sobre el caballo, puso sus manos en la grupa para ayudarle a incorporarse, mientras le pegaba alguna patada al toro para que se fuera.
Cornúpeta, caballo y hombre se encontraban todos unidos en menos de un metro cuadrado. El astado venga a empujar, el caballo tumbado, cuan largo era, en el suelo venga a aguantar, el monosabio ya coleaba al toro, ya le pegaba patadas, ya empujaba la grupa del caballo, ya volvía a incordiar al toro para que se fuera.
A una distancia prudencial, no fuera que se arrancara el de las patas negras, tres matadores y el doble de subalternos, contemplaban la escena impasibles. Ninguno lanzó un capote ni se acercó a ayudar en el larguísimo minuto que duró la escena.
Por fin, el toro, no sé si cansado de empujar al caballo tendido incapaz de oponer resistencia, o dolorido por las patadas que le propinaba el de pantalón blanco y camisa roja, se fue a dar una vuelta por la plaza, haciendo que se apartaran los de luces a su paso.
Yo no me explicaba muy bien la razón de tanto arrojo y valor. En principio lo atribuía a un pundonor profesional y una afición fuera de toda medida. La explicación era simple y clara: "El caballo es suyo y debe valer al menos dos mil euros", me aclaró quien lo sabía.
Este es un caso extremo de los que yo he presenciado. Pero es habitual la demostración de valor que hacen los monosabios diariamente en todas las plazas. Cuando alabamos la entereza de los diestros famosos, que se ponen ante el toro con muletas como colchas de cama grande. Cuando afirmamos con admiración que pisan unos terrenos prohibitivos para el resto de mortales, nos olvidamos de aquel que, a cuerpo limpio, por lo que pueda valer un caballo que es parte de su sustento, se acerca al toro cuando este está aún sin picar. Llega a él estando completamente entero y dispone de toda su velocidad y fuerza, para ofenderle y espantarle, apartándole del équido de su propiedad.
Debería instituirse algún tipo de premio en las ferias, comparable con la mejor estocada, el quite más lucido o el par más de ley. Seguramente le vendría mejor que fuera acompañado de algún monto económico.
El aficionado debería otorgar grandes ovaciones y solicitar del presidente la oreja para estos hombres que por dos mil euros sacan el toro del caballo a patadas, levantan el jamelgo y más tarde, si no está herido, ayudan al picador a montar.