Novillerías
El pasado mayo acompañé a D. Francisco a su casa. Era por la tarde, sobre las siete. En el salón estaba su padre, un hombre bajo y enjuto que ya había pasado los setenta viendo en la televisión una novillada de S. Isidro. Por saludar le dije aquello de "¿Viendo los toros?", perogrullada donde las haya, dada la evidencia televisiva. "No, una novillada. A los aficionados les gustan más las novilladas. Suelen salir mejores". Calló y siguió con interés las imágenes.
Mientras esperaba, me fijé en un cuadro pequeño, puesto sobre una repisa, acompañando a otros con fotografías de familiares, en el que asomaba un torero. "¿Es su hermano? - No. Soy yo, que de joven fui banderillero y, cuando me retiré, para celebrarlo, maté un toro de tres años".
Mientras decía aquello, vi como adelantaba la barbilla, se erguía en su sillón y aparentaba de golpe bastantes años menos. Aquel hombre había sido novillero durante veinte minutos. Se recordaba torero y, sólo recordarlo, le producía un orgullo que nada ni nadie le podría arrebatar nunca.
Este hombre no aparece en el Cossío, como tampoco aparecen tantos y tantos que, como él, han vivido la gloria de vestir de luces, hacer el paseíllo y templar un toro con la muleta, aunque sólo sea una vez en su vida.
Los novilleros asoman a la fiesta como débiles ramitas de un gran árbol. El tiempo arrancará la mayoría y tan sólo unas pocas llegarán a ser ramas. Los avatares les alejarán de esa afición juvenil. Para unos será el viento del miedo quien les separe de las plazas. A otros los distanciará la necesidad de ganarse la vida. Para todos estos que quedan en el camino, que nunca llegarán a matar un toro de tres años, el recuerdo de haber pisado arena y capeado la brisa en lances de salón, será su pudo ser y no fue que repetirán año tras año, primero a sus hijos y luego a sus nietos.
Los otros, los que sí llegan a presentarse en la plaza con picadores pero sin alternativa, siguen acunando la ilusión.
La mayoría, mientras se visten de luces, saben que están allí al 33. Saben que pagar ese 33% de los gastos de la novillada no puede ser eterno. Lo han recogido entre familiares y amigos. Las gentes que les conocen la voluntad y les reconocen el valor, han apartado un poco de su sueldo para que el hermano, vecino o amigo, vista con dignidad torera.
Salen a darlo todo. Dejar que les coja el toro y los mate, o no, para que un apoderado se fije en ellos o el empresario no les haga volver a pagar en su próxima presentación.
En el fondo de sus corazones confían en que salga un toro bueno; que esta sea la tarde de suerte, la de salir a hombros para, en la próxima corrida, cobrar unos miles con que pagar el alquiler del traje, pagar a los peones y, en el culmen de su sueño, llegar a casa y decir "Mi primer dinero como matador de toros.".
El novillero es el diamante en bruto de la fiesta. Tiene que demostrar que quiere ser torero pero, además, que puede serlo. Una vez cuajado como torero será encasillado como valeroso o artista. Pero mientras se es novillero hay que echarle mucho valor, hay que demostrar que no se temen las cornadas y que se sabe tragar la bilis del miedo. Hay que salir con arte y buenas maneras. Hay que apuntar calidad y un cierto saber hacer. Hay que demostrar que se tiene la intuición de cómo estar delante del toro.
El tiempo de novillería es un camino iniciático que emprende el chaval. Un camino que le lleva a distinguir lo importante de lo que no lo es muy pronto, siendo apenas un niño. Es muy diferente, aprender a ser persona de bien en una escuela, intercalando juegos, papeles y teorías, que frente a las astas de un toro.
El adolescente lo es porque está aprendiendo que en el mundo hay verdades y mentiras, pero lo primero que deben aprender es que en el mundo del toro, las verdades son más verdades y las mentiras son mucho más mentiras.