Recuerdos de futuro

 Seré Darío y recordaré el mañana, pues el mañana estará cerrado, quedará construido, inamovible como el pasado, sin posibilidad de cambios y lo reviviré una vez más como un recuerdo. Lo seré y despertaré otra vez como ayer y, como mañana, me desprenderé de los últimos retazos de sueño en un gesto seco, arrítmico, con el que apartaré velos de sábanas que abandonaré a los pies del ayer. Vestiré las mismas ropas que me serán tan familiares y recorreré en un constante recuerdo el mismo camino que ayer, que mañana. Saldré de casa y repetiré, como todos los días: «Adiós. Volveré tarde, como todos los días. Hasta luego».
Poco después, aún pletórico de voluntad, caminaré los escasos metros que siempre separarán mi casa de mi trabajo y a cada paso caerán a mi alrededor las pequeñas hojas doradas de los chopos, delicada alfombra de ocres que empujaré a cada paso y que desharé en surcos de pisadas. Compraré el periódico con las mismas frases que ayer, que anteayer, y en él encontraré las mismas palabras, los mismos rostros de siempre. Recordaré la noticia espeluznante, preñada de muertos y de dolor, que corresponderá, en sus mismos términos, a lugares y personas distintas a las de mañana, pero idéntica en su crudeza y desgarro, igual en su intrascendencia por la lejanía de la desgracia.
Mantendré en todo el trayecto, pues me tropezaré con conocidos, una media sonrisa que alguna vez conseguiré de película o de anuncio publicitario. Nunca seré hermoso. El acné que insistente permanecerá conmigo a destiempo, me plagará el rostro de pequeños volcanes asquerosamente nevados con laderas bermejas. El belfo, labio que tenderá hacia abajo sin mi voluntad, me recordará en cada espejo, en cada escaparate, en cada desprecio, la mediocre apariencia de mi mediocridad. Mis piernas no crecerán más, como tampoco crecerá mi cuerpo, ambos descompensarán ligeramente su tamaño y quedaré largo que no alto, con el cuerpo algo corto sobre largas patas. Seré negro de pelo, blanco de tez y en el contraste prevalecerá la blancura mortecina que proclamará la prolongada ausencia de sol, que será mi vida, mi trabajo, mi religión.
Carmen será mi referente de presente y en el camino todos los días recordaré que la próxima cita vendrá pronto y en ella me vaciaré de nuevo entre sus manos, salpicaré su pañuelo mientras ella morderá, cariñosa, enamorada, ese mi labio inferior tal vez demasiado grueso. Con ella seré mi otro yo de luz y de esperanza, ella será calidez que apagará el hastío de tantos días de pasado sin futuro, de presente sin pasado, de futuros idénticos entre sí. Más tarde hablaremos del porvenir y creeremos construirlo, pero en el fondo sabremos que otros lo diseñarán, otros decidirán cuánto ganaré mañana y de ello, cuánto dedicaré al pago de lo imprescindible. Durante todo el día, como ayer, recordaré a Carmen y ella será presencia continua que hará posible el tránsito de un momento a otro.
Hoy, ¿cómo no? Llegaré en punto al trabajo y el jefe se alegrará, pues me verá con parecidas ropas a las que en ocasiones él habrá vestido. Entraré en mi puesto que no cambiará. Medirá tres metros y lo mediré con la mirada desde todos los ángulos posibles pero de pared a pared siempre medirá tres metros. Sólo dos aberturas interrumpirán la monotonía gris de las paredes: la puerta gris tal vez más brillante que el resto y el ventanuco con su cortina de finos grises. Este hueco permitirá el acceso de las grises máquinas, que repararé según me dirá el escueto, rosado papel que las acompañará; en el que presurosamente alguien, siempre un desconocido de cambiante caligrafía, escribirá con letra ilegible los múltiples males que padecerá el ordenador, la impresora, la pantalla, el alimentador o el propio usuario. No habrá ninguna ventana al exterior y por ello la luz no cambiará, permanecerá constante, manará indiferente al tiempo del mismo tubo fluorescente blanco, aséptico, a lo largo de toda la jornada y así quedará anulada la sensación de antes y después. La luz no marcará el tránsito de la hora, ni del día, ni de la semana, ni del mes, ni del año. La temperatura será siempre la necesaria para la reparación óptima de los delicados circuitos y el climatizador evitará cualquier cambio posible en la estancia. Serán los mismos grados cuando el sol torturará las piedras que cuando los anocheceres enfriarán los rostros de paseantes embutidos en abrigos marrones y bufandas rojas

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