La frase

 Si monseñor se hubiera sentado en la primera fila de bancos, como estaba acostumbrado, todo hubiera sido más fácil. Pero no. Esta vez, por primera en su vida, ocupa la última fila de asientos y, precisamente, el primero junto al pasillo.
Tan sólo debe pronunciar una frase, escueta, sin circunloquios que puedan llevar a confusión. La ha estado preparando, meditando, perfeccionando el tono, la intensidad. Ha valorado incluso la posibilidad de, entre tan pocas palabras, introducir una pausa valorativa. Nada de todo ello le sirve llegado el preciso instante en que se encuentra. Como tantas otras veces, va a ser el protagonista indiscutible, el centro de atención que atraerá todas las miradas, todos los oídos y, quizás, por primera vez, atraerá un cierto cariño por parte de los asistentes.
Frente a él, en el centro del pasillo, diez bancos más allá y del último, en realidad el primero, apenas dos metros alejado, un hombre avejentado por mil avatares, con el rostro surcado por arrugas, hijas de la intemperie, desgrana palabras que le llegan confusas, hasta cierto punto ajenas. Tan sólo una defensa entre el orador y los asistentes, tan próximos. Un finísimo atril metálico hecho con delgados tubos que dejan al descubierto toda la figura del hablante. Un atril que no oculta el cuerpo, ni las manos y que, en su parquedad, más parece señalar a quien lo usa que protegerlo. Ni siquiera un papel le separará de la audiencia. No hace falta. Tan sólo es una frase, corta, fácil. Sólo unas pocas palabras.
La sala, aunque es la primera vez que la pisa, no le resulta extraña. Incluso le parece familiar, acogedora, puede adivinarla en todos sus rincones. Es una habitación de paredes lisas, monocroma, igual a la que se dispone en tantas y tantas parroquias donde él ha impartido catecismo o ha dado cursos de cristiandad a jóvenes parejas en trance de maridaje. Las paredes de trecho en trecho están salpicadas por carteles ajados que aleccionan, dogmatizan, exponen una afirmación indiscutible, rotunda, que marca el camino a seguir sin discusión. Son carteles que hablan de muerte y de ayuda, de hundimientos y salvación. Son carteles que, parecidos y en otras circunstancias, en algunos casos él mismo diseñó.
Monseñor desea salir, se siente incómodo, marchar de inmediato. En esta ocasión no quiere el protagonismo que todos le otorgan. Ahora desea ser y no estar o, si fuera posible, dejar una parte de sí en la sala y todo el resto alejarse, aunque sólo sea unos metros, una esquina.
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