Feria

Novela en que se narran las vivencias de un grupo de amigos durante seis días. Es el tiempo en que se celebra una feria taurina en una ciudad cualquiera de España, la cual sirve de telón de fondo a todo cuanto les sucede. En estas páginas se dan cita los elementos más clásicos de la literatura taurina, con una visión de las relaciones de los personajes y de calificación de los elementos taurinos, plenamente integrados en el siglo XXI. Se trata de una mirada, muchas veces transgresora, que trata de fijar lo que es una Feria hoy, en el 2026. Encontrarás sangre, amistad, sexo, lealtad, pasado, presente y futuro, tratados, en ocasiones, con un respetuoso sentido del humor.

Editorial: Eleuterio Gómez Moner
Publicación: 2026
Diseño de Cubierta: Eleuterio Gómez Moner
Diseño Gráfico: Manuel Clausell Tirado

Formatos: Ebook Kindle. Físico
Cubierta: Tapa blanda
Dimensiones: 13,97 x 21,59
Páginas: 355
ISBN tapa blanda: 978-84-09-84394-7
Depósito legal: CS 288-2026

 

Índice:
I  Martes: el hotel
II  Miércoles: la novillada
III  Jueves: la cornada
IV  Viernes: la alternativa
V  Sábado: el indulto
VI  Domingo: la Retirada
VII  Lunes: epílogo

 

En julio, a media tarde, en las ciudades europeas que tienen plaza de toros, el calor no tiene matices. El calor es calor, sin más. Durante el resto del día pueden encontrarse distintos calores: calor húmedo, calor seco, calor soleado, calor de sombra o de resol, calor en todas sus formas. Pero a la hora de las modorras vespertinas, entre la siesta y el principio del ocaso, el calor es simplemente él, es calor.

...

—Como quieras, sabes que no hay problema. —Maribel se recuesta sobre el respaldo, distendida, coge el bolígrafo y lo apoya en el labio inferior, ejerciendo una ligera presión sobre él—. ¿Sigues colgado de Lidia?
La pregunta toma por sorpresa a Eugenio, que no la esperaba tan directa ni tan pronto. Con los ojos mirando hacia abajo, pensativo, deja deslizar el dedo índice desde la sien hasta la barbilla, en un gesto que acaricia toda su mejilla a la vez que levanta el rostro y, cuando queda enfrentado al de su interlocutora, le contesta.
—Sí.
—¿Crees que vendrá?
—Estoy seguro.
—No ha reservado habitación.
—Vendrá —Tras un momento de silencio, Eugenio trata de desviar la conversación—. A ti te veo bien, ¿cómo te va?

...

—Aquel rubito de allá, el que habla con Casiano, es de la escuela de tauromaquia, ¿no? —Ana, que lo vio torear la única becerra de su vida en la comida de la peña, no recuerda su nombre—. No está mal, ¿sabéis cómo se llama?
—Pero si es un crío. Si solo tendrá dieciséis o diecisiete años. También vas a fijarte en cada uno. —Silvia conoce a Pascualito por lejano parentesco.
—Aquí estamos en el medio. Vamos hacia allá, que hay un poco más de sitio. —Ana pretende una aproximación estratégica que le acerque al niño, al cual ve asentir repetidas veces ante las explicaciones del viejo apoderado.
Cuando están más próximos a la pareja, la conversación de estos se les hace evidente.
—¡Hombre! Tú ya sabes cómo es esto. Una becerrada supone muchos gastos y no se gana dinero, así que tenemos que apretarnos todos un poco. Al principio todo cuesta. Esto del toro, tú ya lo sabes, funciona así. —Casiano le da vueltas a la perdiz sin exponer claramente cuánto le va a costar a Pascualito hacer el paseíllo en las Navas.
—¿Pero yo he de pagar algo? —El joven empieza a intuir que sí.
—Pues los gastos que pueda haber —poco a poco Casiano va concretando—. Tú ya sabes. El desplazamiento, la pensión, lo normal. Cuando se sale de casa, ya se sabe: hay gastos.
—Pero el toro no me toca pagarlo a mí. —Pascualito quiere restar, pero Casiano insiste en sumar.
—Por el toro no te preocupes. Son animales de toda garantía. Jandilla. Jandillita puro, que los he ido a recoger yo de uno que es de toda confianza. Por el precio no te quejarás. Sobre mil quinientos o mil seiscientos euros vale el toro, una ganga. No vas a encontrar tú donde, por esos dineros, puedas torear animales de esa calidad.
—Entonces, el toro, he de pagarlo. —Pascualito, a medida que va viendo la luz, se le va haciendo oscuro.
—¡Hombre! Por supuesto. Cuando se empieza, estas cosas ya se saben. Pero tú no te preocupes. Tú lo que has de procurar es estar bien preparado. Entrenar mucho. Las Navas, aunque no lo parezca, es una plaza de mucha importancia y de allí han salido becerristas como tú, ya consagrados y cobrando. —Casiano intenta aplazar la cuestión económica.
—Entonces, el toro sobre los mil quinientos euros. El viaje y la pensión por mi cuenta. La cuadrilla, si que la pagará usted, ¿no?
—La cuadrilla va por cuenta del matador. Eso tú ya lo sabes. No voy yo a ponerte a alguien que no sea de tu confianza. Pero por eso no te preocupes. Te puede ayudar cualquiera de los banderilleros de por aquí, alguien que tú conozcas y os arregláis. Seguro que encontrarás alguno que te haga el favor. De todas formas, si no encontraras a nadie, un conocido mío nos haría el favor.
Pascualito trata de resumir
—El toro, la cuadrilla, el viaje, la pensión. Eso será mucho dinero. No sé yo si mi padre podrá.
Casiano minimiza los problemas y trata de ilusionarlo.
—No mires los primeros gastillos. Lo que has de ver es lo que vas a ganar. Tú allí, de luces, delante del bicho, mandando. Después de las Navas, si quedas bien, tienes aseguradas cuatro o cinco becerradas más por aquella zona. De eso ya me encargaría yo.
—No tengo traje de luces. Tendré que hacerme uno, pues.
—Eso se alquila. Las primeras veces lo alquilas, no hace falta que lo compres. Ya te llevaré yo a casa de un amigo que nos hará el favor de alquilarte el traje. Luego no te has de preocupar si está manchado o lo que sea.
—El toro, la cuadrilla, el viaje, la pensión, alquilar el traje de luces. —A Pascualito estas pequeñas dificultades se le mezclan en la cabeza con su propia imagen saliendo a hombros de la prestigiosa plaza de las Navas del Marrajo, provincia de Zamora, o de Salamanca, no está muy claro. —¿Eso es todo?
—Bueno. Lo habitual es que el matador se quede con unas cuantas entradas, un centenar. Para los compromisos que puedas tener. Tus amigos, la peña que lleva tu nombre, la familia. Está feo que tengan que ir a ventanilla. Sobre unas cien, o doscientas entradas tendrías que quedarte para repartirlas y que se llene la plaza. Trescientas que sean.
Casiano gusta de enseñar el camino a los que empiezan y servir de guía a quienes se sienten perdidos en los difíciles trances del principio.

...

—La cornada duele, duele mucho, aunque no en el momento de recibirla. La notas rompiéndote por dentro y, sobre todo, notas que quedas a merced de lo que quiera hacerte el toro sin que puedas evitarlo. Es rápida, fracciones de segundo, y, sin embargo, vives todo lo que te sucede con una lentitud desesperante. Deseas que termine de inmediato para, sin mirarte, volver a coger los trastos y volverte a poner delante de los cuernos que te han herido y demostrarle al toro que eres tú, el torero, quien va a matarlo a él y no él a ti.
Con una nueva pausa, Manolo parece recordar alguna de sus cornadas.
—Si no puedes levantarte porque te ha dado fuerte, mientras la cuadrilla te lleva en brazos hacia la enfermería, lo hacen contra tu voluntad. Quieres que te suelten, estás convencido de que puedes seguir y que te están apartando de ese toro al que tú puedes domar y matar. Les gritas que te dejen, les insultas y solo cuando estás fuera de la plaza, quizá sea porque los colores de las cosas son distintos, más apagados, mortecinos, te das cuentas de lo que llevas y te resignas a no salir esa tarde, pero sigues seguro de aparecer al día siguiente como si nada hubiera pasado. Más entero. Más torero.

...

—No te preocupes de guardarme mesa para la noche. Lo vas a tener abarrotado hoy.
—Eugenio, no te la voy a guardar, pero a la hora que vengas, tendrás mesa.
Ambos se sonríen y se estrechan la mano.
Eugenio sale y se despide sin sentarse.
—Ahora os lo sacan. Yo voy a ducharme. Entre el calor, el sudor y el olor de los corrales, creo que lo necesito.
Irene no puede contenerse.
—Sí, vamos y nos duchamos los tres. Venga Anya. Yo también estoy muy sudada.
—Ni hablar, me gustas así, con ese olor tan tuyo.
—Guarra.
—Sí.
Las dos mujeres rompen a reír junto a los componentes del resto de la mesa. Eugenio, cabeceando, levanta la mano para despedirse del grupo y se dirige, cruzando la plaza, hacia el hotel.

...

Ed è probabilmente per questo che voleva ucciderlo per fortuna naturale. Ma il toro aveva ceduto. Era crollato. (Y por eso, probablemente, lo ha querido matar en la suerte natural. Pero el toro se había rajado. Se había venido abajo.)
Vuoi dire che, forse, se lo avessi ucciso nel modo opposto, lo avrei preso la prima volta. (Quieres decir que, tal vez, si lo hubiera matado en la suerte contraria, lo hubiera cazado a la primera.)

...

In der Vorlesung, die er 1927 an der Harvard-Universität hielt, definierte Ignacio Sánchez Mejías den Kampfstier nicht als Überbringer des Bösen, sondern als im Wesentlichen böse, weshalb er vor aller Augen sterben musste. (En la conferencia que dio, en 1927, en la universidad de Harvard, Ignacio Sánchez Mejías, definía al toro de lidia, no como portador del mal, sino como el mal en esencia, siendo este motivo por el cual debía morir ante todos.)
WAHR! Aber es ist nicht weniger wahr, dass der Kampfstier als mediterrane Gottheit sein Wesen durch den Verzehr seines Körpers mit der Gesellschaft teilen muss. Aus diesem Grund muss das Opfer rituell erfolgen und nicht wegen der möglichen Güte oder Schlechtigkeit des Wesens. (¡Cierto! Pero no lo es menos que, el toro de lidia, en tanto que una divinidad mediterránea, debe compartir su esencia, a través del consumo de su cuerpo, por parte de la sociedad. Este es el motivo por el cual, el sacrificio, debe hacerse de forma ritual y no por la posible bondad o maldad del ser.)

...

Le taureau est le protagoniste. Si on l’oublie, le reste n’a aucun sens. (El toro es el protagonista. Si nos olvidamos de eso, el resto no tiene sentido.)
En fait, aujourd’hui, nous avons assisté à trois “corridas” complètement différentes. (De hecho, hoy, hemos asistido a tres corridas completamente distintas.)
Qu'entendez-vous par trois « corridas » différentes ? (¿Qué quieres decir con tres corridas distintas?)

...

Representation is the key. We are facing an exhibition that is represented following a perfectly defined script. (La representación es la clave. Estamos ante una función que se representa siguiendo un guion perfectamente definido.)
Yes, we have the three classic acts in which there is a play: the presentation of the participants, which is the "tercio de varas"; a knot in which the problem is stated, the "banderillas"; finally, an outcome which is the preparation and death of the fighting bull. (Sí, tenemos los tres actos clásicos de una obra: la presentación de los participantes que es el tercio de varas; un nudo en que se expone el problema, las "banderillas"; finalmente, un desenlace que es la preparación y muerte del toro.)
Pamela, would you say it is a drama or a tragedy? (Pamela, ¿tú dirías que es un drama o una tragedia?)
Unfortunately, sometimes a comedy. The two returned bulls, seemed like it. (Lamentablemente, a veces, una comedia. Lo de los dos toros devueltos lo parecía.)

...

Ambas, Silvia en la tierra y la Gloria en la eternidad, le muestran sus respectivos futuros al todavía inconsciente José.

—¿Dejarás el toreo pronto? Mañana mismo y juntos levantaremos la casa en que nacerán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. En adelante yo cuidaré de ti y tú de mí. Dejaremos que pasen los años de forma apacible, lejos de riesgos inútiles. Te alejarás de la posible muerte, a la que no retarás más. Juntos construiremos una vida de paz, sin riesgos. Encontraremos para ti ocupaciones serenas, un buen empleo, un pequeño negocio, una vida ordenada que llevaremos discretos, anónimos, lejos de todas esas gentes que no te dejan ser tú mismo. Lo haremos, ¿verdad José?

«Permaneceré, ¡elegido de entre los hombres!, junto al celeste trono que te corresponde en la mesa de los héroes. Tu lugar, en el eterno festín, estará vacío a mi diestra mientras logras las mayores hazañas jamás vistas sobre la tierra. En tu ausencia te acompañaré en los combates para que luzcas junto a ti, en las victorias, la Gloria que has conquistado y por entero te perteneceré. Más, no retardes tu venida, pues a este lugar se accede en el momento de mayor plenitud, cuando la juventud es más pujante, cuando se es rayo de Júpiter en toda su potencia. Muere pronto como hombre, si quieres ser uno más entre los reverenciados dioses».

...

—Hay muchos factores que al principio, cuando eres tan joven, no tienes en cuenta—Mira a Lidia mientras se lo dice.
—Con el paso del tiempo, antepones estar arriba. Llegar a romper barreras que antes ni te planteabas. Sobre todo en lo numérico, en lo material. A medida que vas consiguiéndolas, las metas son de índole más personal. Intentas hacer esa faena perfecta, lograr ese pase que parece imposible. Conseguir torear tan despacio que puedas recordar el pase antes de acabarlo.
—Eso lo has conseguido, Antonio.
—Todavía no, Eugenio. He estado preparándome para irme durante tiempo, pero el artista que soy se rebela, al considerar que no he podido expresar todo el arte que llevo dentro. Tengo un resquemor, como que me queda algo por decir. Realizar la obra definitiva.
—Tu obra, después de más de veinte años lidiando toros de todos los encastes, sin despreciar las corridas más duras, no tiene fisuras. Es un ejemplo para muchos.
—El cuerpo ya no me acompaña. No quiero arrastrarme por los ruedos y que me den corridas por lástima. Contemplo esta tarde, como el cierre de una etapa. Ahora tengo miedo, un miedo distinto al que se siente ante el toro, porque no sé qué va a pasar conmigo a partir de hoy.
—¿Es miedo o es otra cosa? No te veo con miedo, Antonio.
—Por un lado, siento cierta melancolía, Lidia, de saber que son los últimos momentos. Es una sensación rara y difícil. Lo tengo claro, pero es difícil dar el último paso. Permanece todavía en mí la insatisfacción de la tarea pendiente. Me da vértigo saber que no voy a sentir ciertas cosas que en mi vida han sido básicas. No sé si sabré ser una persona normal, con sensaciones normales.
—Tú vas a seguir siendo torero toda la vida. Sea delante de una vaca en un tentadero, con un toro a puerta cerrada o andando por la calle.

...

El torero se sienta a la izquierda del periodista sin decir nada. Este pasa a dar su versión de lo ocurrido, esperando recibir la confirmación y explicaciones del diestro.
—¡Maestro! Ha sido en su segundo toro. Cuarto de la tarde.
—Ahí ha sido. Sí.
—Un toro negro, «bragao», «meano», 530 kg, decía la romana.
—Era negro. Sí.
—De cuernos un tanto «acachapao», sin llegar a ser «cubeto». Bajo de agujas, fino de cabos, ligeramente «silleto».
—Un poco silleto. Sí.
—Al toro lo ha recibido usted. Verónicas de la casa, magníficas. La lidia transcurría con normalidad.
—Así es.
—Llegado el tercer tercio, ha cogido los trastos y lo ha sacado a los medios, doblándose con él por abajo.
—A los medios. Sí.
—Iba a iniciar la faena frente al tendido seis y, de pronto, se ha vuelto al callejón. Ha dejado la muleta y la espada y no ha vuelto a salir.
—Al mozo se las he dado. Sí.
—¿Por qué? El toro no había hecho nada extraño. Todo parecía transcurrir normalmente. ¿Qué ha pasado?
El torero, con su semblante impertérrito, gira la cara hacia Luis Manuel, que le está mirando y, sin dejar traslucir nada en el rostro, simplemente informa.
—Me ha mirado.
—¿Le ha mirado?
—Sí. El toro me ha mirado.
—Le ha mirado.
—Sí. Me ha mirado malamente.
Luis Manuel hace una pausa valorativa, en la que se mantienen la mirada diestro y periodista. El torero parece intuir que se le exige alguna explicación más.
—Me ha mirado y le he visto la intención. Me ha mirado muy malamente.
—Malamente.
—Sí. Me quería coger. Lo he visto claro. Se venía con muy malas intenciones.
—¿Se le ha colado? ¿Ha hecho un extraño que nosotros no hayamos visto desde el tendido? ¿Ha amagado algún gesto?
—Me quería echar mano.
—Le quería coger.
—Yo, al verlo, me he ido para el callejón. No iba a dejarme matar. Está claro que iba a por mí.
En la sala el silencio de los asistentes es fruto de la incredulidad por lo que están oyendo, a la vez de la certeza de lo que cuenta el torero.
—Una vez en el callejón, al ver la gente que no salía, la bronca del público, al ver que se negaba a salir, ha sido mayúscula.
—Sí. Algunos se han enfadado.
—¡Algunos no! Se puede decir que toda la plaza gritaba.
—Algo se ha oído. Sí.
—Ha sido entonces cuando se ha producido el percance con el aficionado del tendido, que ha acabado con ambos esposados y en la furgoneta de la policía camino del cuartelillo.
—A los dos esposados nos han llevado. Así ha sido.
—¿Cuál ha sido el motivo? ¿Nos lo puede contar?
—Yo estaba allí, en el callejón. La gente gritaba y él se me ha venido al lado y ha dicho cosas feas de mi madre.
—¿Qué le ha dicho?
—Me ha dicho lo que ningún hombre que se precie de serlo, se lo consiente a nadie.
—Entonces es cuando usted le ha sacudido dos «obleas jacobeas».
—Bastantes más hubieran sido, si no me hubiera sujetado el mozo de espadas.
—El aficionado, no se ha conformado. Ha bajado al callejón, le ha empujado y se las ha devuelto.
—Ese a mí no me ha tocado. Si no, ese no estaría vivo.
—Parecía que le había cogido de la chaquetilla.
—Para nada. Me ha sujetado el mozo y enseguida ha venido la policía. Nos han cogido presos a los dos y me han llevado a la comisaría.
—Mientras, el toro en los ruedos.
—Allí estaba. Tenía muy mala «follá» el toro ese.
—Toro de malas intenciones.
—Me había mirado.
—Una vez en comisaría parece que se han aclarado las cosas. Porque usted está aquí.
—El hombre se ha disculpado.
—¿Y usted?
—Yo le he presentado mis excusas y todo ha quedado en un apretón de manos. Eso sí, él se ha retractado de todo lo dicho de mi santa madre. Dios la tenga en su gloria.
—Al ver que no había denuncias, la policía les ha dejado marchar.
—Así es.
—Hay quien dice que debería devolver el dinero de una parte de la entrada.
—¿Yo? ¿Por qué? A mí no me contratan para que me mate un toro.
—Pero sí para que usted lo finiquite dignamente.
—Si se deja. Cuando un toro te mira y ves claro que te va a coger. Más vale que digan: «de aquí se apartó», que «aquí cayó».
—¿Qué piensa hacer a partir de ahora?
—¿Qué he de hacer? Pasado mañana toreamos y allí voy a estar.
—Señoras, señores, ya lo han escuchado de los labios del torero. Le deseamos la mejor de las suertes para el futuro. También, por supuesto, para el bien de la fiesta, que no le miren los toros.

...

A medida que la luz de la luna se oculta tras los edificios que circundan el jardín del hotel, la luz blanca de esta va desapareciendo. Las sábanas blancas que cuelgan bajo los arcos quedan quietas. Las llamas de los pebeteros metálicos, se adormecen. La oscuridad parece querer devorarlo todo. Entre el olivo y el arce rojo, al fondo del jardín, Eugenio cree ver un reflejo último, que le hace un guiño antes de desaparecer. La columna de agua baja su altura hasta quedar hecha un pequeño seno sobre la superficie del agua. Si se escucha muy de cerca, el agua no cesa de repetirle a Eugenio el nombre de su deseo: Lidia.

 

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