Crónica imaginaria
D. Alfonso apareció por el casino a las cuatro, como todos los días. Avanzó, pausado, con el señorío que le es propio a quien se sabe en sus predios, haciendo revolotear las nubes de humo que otros antes habían construido cigarro tras cigarro. Saludó con ceremonia a quienes con el debido protocolo le recibían, con parquedad a los que, más preocupados por no quedarse el seis doble en casa, pudiera incordiar con excesivas palabras. Se dirigió a su sillón, junto a la ventana, ligeramente separado de la mesita de mármol blanco con patas en forma de columna estriada, ubicado perpendicular a esta para dar la óptima cabida a las piernas y el mejor acceso a la tacita y el cenicero. Durante el trayecto, que realizaba todos los días como si fuera un paseíllo en la Maestranza, flanqueó la zona de camareros que le recibieron con la cortesía acostumbrada.
- Buenas tardes, D. Alfonso.- Pepín, el decano de los empleados, con una edad más que suficiente para jubilarse, le recibía con una ligera inclinación de cabeza y cierto arquear de espaldas, como hacía con todos los socios del casino.
- Buenas nos las dé Dios, Pepín ¿Cómo está usted?.- Nadie sabía por qué pero nunca fue menoscabo ni falta de respeto usar el diminutivo con Pepín, como tampoco nadie hubiera consentido que se le tuteara o se le diera un tratamiento ni un ápice inferior al del presidente de la entidad o de cualquier otro asiduo. Era algo natural, consubstancial al ambiente de otros tiempos que se respiraba en el casino, en el que cada uno asumía su posición ante los otros como parte de la naturaleza de las cosas, como resultado de un meticuloso designio divino.
- ¿Lo de siempre, D. Alfonso?- Pepín, con su impoluta chaqueta blanca, antes de terminar la frase, ya se afanaba en preparar un café corto, denso, con abundante espuma y una copa de brandi cuyo nombre se aproximaba a La Gloriosa.
- Sí, gracias Pepín, usted siempre pendiente de todos. ¿Está por ahí mi periódico?
- Enseguida se lo llevo a la mesa D. Alfonso, no se moleste usted.
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