De cómo rodrigo Gaspar...

De cómo Rodrigo Gaspar Mondéjar, El Cinqueños, descubrió el misterio del toreo

La luz dorada del atardecer, mientras creaba los ocres castellanos, espigó ante chiqueros la sombra de Rodrigo Gaspar Mondéjar, El Cinqueños.
Frente a su sombra, la sombra enjuta de un toro y entre las dos la sombra de la espada como una línea diminuta que unía destinos en la hora de la verdad. El Cinqueños, aseado, mató al toro, como aseadamente lo había recibido y con aseo lo había lidiado. Recibió correctos aplausos y dos orejas, con corrección las paseó ante las quinientas o tal vez seiscientas personas que, en el día del patrón, no habían llenado la pequeña plaza portátil.
No salió a hombros, pues, sin finalizar el paseíllo de despedida, los mozos del lugar ya enfilaban la cuesta abajo que llevaba al baile con cantos de cierta obscenidad y transgresor anticlericalismo. Rodrigo, matador de alternativa desde hacía dos años, abandonó la placita junto a sus banderilleros, junto a un becerrista de la capital al que habían asistido en la lidia unos amigos y junto a D. Jacinto, potentado de la villa que, con cuadra de caballos y afición, rejoneaba todos los años un becerro en la corrida mixta de las fiestas de septiembre.
Mientras los diestros llegaban a la furgoneta, Alfonso Olivares, el Pernales, apoderado, trataba de cobros con el concejal de fiestas, cultura, alcantarillado y cementerio.
- ¿Qué, señó consejá? ¿Contento eh? ¡Un triunfo! Dígalousté que la gente se lo ha pasao bié y es un privilegio pa toos que er Sinqueños haya venío. Los toros que le he buscao, nomedigausté, majos y regordíos como le gustan a la poblasión.
- Calla y cuenta Pernales, que ahí tienes lo acordado y mira que lo que es justo es cabal.
- Sí seño, dígalousté, sinco mil euros, habitasión y comía por su cuenta, cumplío.
El Pernales se repartía los billetes en distintos huecos de la raída chaqueta, mientras miraba a ambos lados y trataba de apalabrar futuras actuaciones.

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