Dioses y toros

De dioses y toros

Un buen día, en el albor de los tiempos, el hombre, ahíto de impotencia, decidió enfrentarse a los dioses. La decisión era firme e irrevocable, no obstante en el empeño había un óbice: no tenía dioses a que enfrentarse. El primer paso, pues, era crearlos. Crear seres superiores a los que vencer como vía para superarse a sí mismo y a las propias limitaciones.
Lo primero que hizo fue mirarse las manos y, claro, no vio nada. Tampoco era cosa de divinizar las propias manos, esto no era serio.
Así, pues, decidido y descartadas sus propias manos, no sabiendo dónde buscar, miró hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados y, a falta de nada mejor, hechó mano de lo primero que encontró.
Poco a poco fue creando dioses allá donde iba. Se dio cuenta de que los primeros que creaba eran demasiado grandes o lejanos para que hubiera un enfrentamiento satisfactorio. Tal era el caso del Sol, la Luna, o la Tierra. Era conveniente que los dioses estuvieran próximos, ya que la lejanía o la abstracción de los mismos, dificultaba las relaciones con ellos, obligándose a largos viajes e inútiles pérdidas de tiempo para encontrarse. Hábilmente, siguiendo su innato sentido del espectáculo, se dio cuenta de que, si rebajaba la entidad de lo divino y dotaba a cada uno de sus propias presuntas virtudes, podría relacionarse con la deidad casi de igual a igual.
Pronto la cosa se desmadró. No se podía dar un paso sin encontrarse con un dios. Ahora el árbol, más allá la piedra, después el ciervo, un poco al lado la hoguera. Encima los dioses mutaban. Este se convertía en cisne, aquel en rayo, el otro en río, en fin que era un lío y, además, actuaban a su libre albedrío. Unas veces, cuando se dirigían a ellos para ver qué se hacía, no estaban, otras veces, cuando cada uno estaba en su ocupación, sobrevenían en forma de diluvio, peste o fuego. La cosa no podía seguir así.
Con la precipitación y la inexperiencia en crear dioses, se dejaron uno. Un ser que detentara la conciencia colectiva del grupo. Un ente que recogiera lo más íntimo del grupo, aquello que sólo florecía cuando estaban y actuaban todos unidos. No había ningún ser ni nada que se le pareciera capaz de satisfacerlos. Había que hacerlo a partir de cero.
El primer paso era definir las características que debía reunir. Se hicieron muchos "Brain storming" y se resolvió que debía tener: capacidad de lucha hasta la muerte, resistencia a los elementos adversos y gran capacidad reproductiva. Se dejó la puerta abierta para que en el futuro, tal fuera cambiando la sociedad, pudieran añadirse más elementos fundamentales a este dios, como de hecho así fue y se le añadió la nobleza, la furia, la transmisión y otros.
En segundo lugar, había que sintetizar en una palabra todo aquello que representaba el nuevo ser. Tras mucho meditar, se decidió hacerlo detentador de la Bravura. Este era un término que, si bien todos sabían lo que era cuando se manifestaba, era difícil de definir unánimemente, a la vez que se prestaba a múltiples interpretaciones.
En tercer lugar, por último, había que dar un soporte físico a la Bravura. La tarea llevaría generaciones, milenios. Pasarían los siglos hasta que, a través de infinitos cruces y un cuidadísimo sistema de selección, se pudiera presentar algo grandioso, digno de la categoría de un dios y a la vez accesible al hombre. Un ser que a la vez atemoriza y fascina. Un dios al que vencer o ante el que morir: el Toro Bravo.

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