El agua

 

 

Esta novela es la traducción al castellano de mi novela original "L'aigua".

En ella, calificada como épica costumbrista, se relata la lucha de un pueblo ante la escasez de agua y su exceso en un momento dado. Es una guerra vivida a través de los ojos de un joven de doce años. Las diferentes experiencias que ve y protagoniza le hacen madurar de forma acelerada, debiendo asumir muy pronto una posición de igual a igual con que le circunda.

Es una novela que habla de lealtad, amistad, lucha, innovaciones, sufrimiento, nacimiento y muerte.

Lo que ocurre en estas páginas puede haber ocurrido y, de hecho puede ocurrir, en cualquier pueblo del Mediterráneo.

 

 

Editorial: Eleuterio Gómez Moner
Publicación: 2026
Diseño de Cubierta: Manuel Clausell Tirado
Diseño Gráfico: Manuel Clausell Tirado

Formatos: Ebook Kindle. Físico
Cubierta: Tapa blanda
Dimensiones: 15,24 x 22,86
Páginas: 530
ISBN tapa blanda:
Depósito legal:

 

Te invoco, agua, para que acudas a mí en esta hora. Necesito hablar de la guerra que vivimos juntos. De las batallas que libramos, tanto yo como mi pueblo, no contra ti, sino contra tu ausencia.

Te ruego, agua, que mantengas firme mi pulso cuando dude. Que lo sujetes cuando, avergonzado de mí y de los míos, débiles al fin y al cabo, disimule las verdades bajo palabras vacías.
Ven, agua, para extender hasta el último rincón de estas páginas tu presencia. Sea yo, en honor al pacto que hicimos a las puertas del infierno, rodeados de sombras que nos arrastraban al centro de la tierra, quien relate los hechos de aquellos días.
Narraré, agua, si tú me ayudas, cómo desapareciste de mis lugares, siendo este hecho el inicio del sufrir para muchos.
Anunciaré, agua, cómo intentamos buscarte. Cómo inventamos mil medios para retenerte a nuestro lado.
Diré, agua, cómo gentes venidas de fuera, con amigos en mi pueblo, trajeron soluciones para hacer confortable tu estancia entre nosotros.
Advertiré, agua, si te place, sobre cómo los pequeños gestos cotidianos, inadvertidos cuando estás presente, son fuente de inquietud para todos en tu ausencia. Son, cuando fuiste exiliada, la chispa que despertó heridas antiguas jamás cerradas.
Daré fe, agua, del carácter de la gente de mis tierras, cada cual con lo bueno y lo malo, todos mortales ante ti. Ellas y ellos, cegados por las cuitas del día a día, han aunaron fuerzas tanto para buscarte como para enfrentarse a quien quería secuestrarte.
...

...

El secretario escribía rápidamente en el papel mientras, de reojo, miraba al presidente. Este, apoyando las dos manos sobre la mesa, afirmó con la cabeza como contestación a la mirada del secretario.

—Caballeros. Todos saben lo que pasa. De la cuestión se ha hablado estos días por todas partes. No somos los primeros, ni la primera vez que nos vemos en esta…

El presidente hizo una pausa. Aclaró la voz que se resistía a seguir. Comunicó lo que en realidad era una declaración de estado de emergencia, de guerra.

—El pozo no tiene agua.

Las expresiones que vi en aquel momento, en la cara de los hombres, no las olvidaré jamás.

...

...

—Yo soy partidario de que perforen poceros y que se haga un dividendo por el importe que corresponda. Pero se ha decidido que lo hagamos nosotros y ¡Amén! Yo se lo diré a mi cuñado, Pepe Sanahuja, que le vendrá bien ganar unas perras.

El señor Paco miraba a don Enrique, pero prefirió contestar a Francisco.

—Francisco. Tu postura y la de los que están como tú se entiende perfectamente. Tú no vives de la tierra, tú eres sastre y muy bueno. Tú tienes una hanegada que es parte del huerto que tenía tu padre que, al faltar, se partió entre los dos hermanos y dos hermanas que sois: cuatro partes. Para ti es un estorbo más que te ayuda esa tierra y no la vendes porque, para ti, es una forma de ser del pueblo, ya que posees un trozo de él. Es el sentido de pertenencia. Tú no dejarás el taller una mañana y menos siete u ocho días de trabajo, para jugarte la vida bajo tierra en un pozo.

—Cierto, Paco. Como él hay muchos, cada día más, que no viven de la tierra, que tienen trozos aquí y allá.

Don Enrique apuntalaba la opinión del señor Paco Grangel y fue padre quien continuó diciendo:

—Francisco, como dice Paco, tú y muchos tenéis una hanegada, dos hanegadas, tres cuartones… Si se hace un reparto, pongamos por caso que toda la obra cueste, es un decir, treinta mil pesetas. Si somos quinientas hanegadas a repartir, tú has de pagar más o menos doce duros[1], que es lo que sale por hanegada. Eso es dinero para ti y para todos

—Más os diré, ya que se habla de los pozos y aljibes de las casas.

Teresa, la Roja, paró un momento de golpear la ropa.

—He oído, y parece que es serio, que quieren entrar en las casas y comprobar cuántas tienen pozo, cuántas tienen aljibe y qué capacidad tiene cada uno. Harán una lista de todos los del pueblo.

—¡En mi casa no entra nadie a revolverme la cocina!

—¡Estaríamos buenos!

—¡El que venga a mi casa, si no está mi marido, aunque llegue con guardias armados, no entrará de ninguna manera!

—¡A qué santo! Nadie ha de venir a vigilar el agua que tengo en el pozo o si está seco.

—¡Pocos cojones tienen para hurgar cómo es mi casa bajo tierra!

Todas hablaban a la vez. Todas revueltas como si un ejército de malhechores esperara a las puertas del pueblo. Nadie lavaba ya. Todas se miraban y razonaban unas con otras, repitiéndose la negativa a la invasión del hogar.

—A ver. ¿Eso quién lo ha dicho y para qué se quiere hacer esa lista?

...

...

—Pero hay un problema de pérdida de agua que se tiene que resolver.

El señor Vicent resoplaba más que hablaba.

—Ustedes dirán, a ver ahora por dónde se va.

—Hemos venido los dos porque estábamos juntos cuando lo vimos.

El carácter de los dos hombres me parecía conocido de la reunión, pero no sabría decir a qué bando pertenecían. Paquito y yo nos acercamos más. El acompañante, aludido, fue quien dio la explicación.

—Casi al final del reguerro de arriba, siempre que viene el agua, el camino se llena con una balsa de agua que no se puede ni cruzar. Allí se pierden un montón de litros que se van al diablo sin aprovechar a nadie. Yo no sé si es porque Vicent deja portillos abiertos, si está roto el reguero o qué pasa aquí. Pero no es correcto que se esté hablando de perforar el pozo mientras el agua se pierde. Lo que digo se puede ir a ver cuando quieran.

El presidente, el señor Aparici, no dejó que nadie entrara en polémica.

—Razón tienen, pero no toda. No hay un problema en lo que dicen, hay dos. No obstante, hoy quedarán aclarados.

...

...

El coronel no dejó pasar el momento de dirigirse a los convecinos:

—No os engañéis a vosotros mismos y no dejéis que os engañen. Todos estos que hablan tan fuerte y tanta razón parece que tienen, no harán nada por cada uno de vosotros. Quieren quitaros el agua de la boca, como de hecho ya lo han hecho. ¡Aquí está el papel! Quieren entrar en vuestras casas para quitaros el derecho a tener pozo. ¡Por escrito lo dicen! Permiten que venga gente de fuera para decir qué se ha de hacer con el agua. ¡Lo hemos oído hace un momento en la sala! ¡Yo no permitiré nada de todo lo que se ha dicho! ¡Tengo mi arma y mi derecho! ¡Tengo mi fuerza y, si me acompañáis, la vuestra también! Tenemos nuestra patria, que es este pueblo con su agua. Tenemos nuestros fueros, aunque recortados por unos y otros. ¡Tenemos a Dios de nuestro lado! ¡Estad seguros! Todo aquel que no esté de acuerdo con cómo se llevan las cosas, todo el que quiera recuperar su agua, que busque en casa las armas que aún le dejen tener, en su corazón los cojones si aún los tiene, y esté atento al grito que no tardará en oírse.

...

Yo era un intruso dentro de la tierra, un ser que no pertenecía a su corazón. Yo era el único que me sentía. Sabía que en la punta de la cuerda estaba mi padre; detrás de mí, mi padrino; debajo de mí, Pere; pero ninguno de ellos estaba dentro de mí para enfrentarse a la oscuridad, al sentimiento de soledad. Este era un viaje que debía vivirlo completamente solo.

Más adentro, más abajo. Veía la pared de ladrillos que frenaban la grava, apuntalados por una barra de madera cruzada que yo había visto bajar hacía poco. Transversales a la pared, tres barras de hierro sujetaban el parapeto. A mí me transmitían idea de peligro, de improvisación.

La poca luz proyectaba sombras que se extendían verticalmente por el muro, formando caras que me miraban acusándome de interrumpir su descanso. Por un titilar de las bombillas, los miedos que estaban dentro de mí, que yo veía hechos rostro en las paredes conforme avanzaba, parecía que querían hablarme. Denunciar mi osadía fruto de la temeridad; detenerme; hacer de mí un niño desvalido que pide salir, llorando, al verse a sí mismo desnudo de horizontes, rodeado de artificios imaginados, cubierto de tinieblas. Veía a aquellos monstruos creados por mí, que anidaban bajo tierra, dormidos hasta ahora que yo los despertaba. Monstruos que me miraban desde la pared, realmente imaginados, no reales.

Comenzó el pavor. No una angustia concreta, sino un río de ideas sin sentido que se acumulaban y venían hacia mí sin razón. Era un sobresalto por seguir avanzando; el temor a que se rompiese la cuerda. Miedo a que mi familia me dejase en aquel pozo solo. Espanto a gritar por si el sonido hacía que se derrumbasen las paredes. Pánico a dejar de respirar; también a respirar demasiado. Miedo. Simplemente miedo, sin razonamiento con el que pudiera luchar contra él.

...

...

—La explosión se sintió tanto por un ligero temblor de tierra como por el ruido que hizo, no mucho.

—Al menos media hora para que se fuera el polvo.

—Esta vez sí que se ciñó las cuerdas, Sergi.

—Bajaron los dos, Paco Pedrés también.

—Por seguridad, siempre podían asistirse el uno al otro si era preciso.

—Cuando me contaste que tú bajaste al pozo, ¿tenías miedo? ¿No pensabas que podía caer y quedarte tú dentro?

Un cuerpo, más pequeño que el del señor Vicent, ocupaba la silla de mi lado. Era Paquito.

—Al principio no. Pero a medida que iba más y más hondo, sí. Tenía miedo.

—Fue bajar, poner el segundo cartucho y volver a subir los dos.

—Los cuatro cartuchos hicieron falta.

—En el primero, limpiada la piedra rota, se pudo bajar más de un metro.

—Sí, pero los lados del pozo no estaban limpios, había que picar para dejarlos al plomo de la caída de las paredes de arriba.

—En algún rincón hacía falta poner un poco de cemento para igualarlo.

—Entre el segundo y el tercero se avanzó más. Bajó nuestra cuadrilla, al menos dos veces, para sacar los escombros de la explosión.

—Bueno, yo me voy ahora y volveré después de cenar. Ya nos quedaremos nosotras para velar esta noche… la cesta… sí… aquí.

—Adiós.

—Hasta ahora.

—Al menos se bajó un metro por cada explosión.

—En las tres primeras. En la cuarta, que ya se acababa la piedra, se soltaron casi dos metros de fondo.

—Se avanza con pólvora.

—Yo pienso que se avanzaron seis o siete metros, y quizá me quedo corto.

—Después faltaba igualar las paredes.

—Es lo que te decía.

—Durante la tarde limpiamos y dejamos para el día siguiente sacar los escombros del caserón.

—Todo parecía bien.

...

...

—Me siento toda mojada. Como si toda el agua retenida estuviera a punto de caer de golpe.

—Ven, María. Así, cuélgate de nosotras dos y vamos hacia la cama.

—¡El agua! El suelo está sucio.

—No hagas caso, María; ahora lo limpiamos. Vamos a la cama.

Las gotas que empezaron como hechos aislados, individuos que adquirían personalidad única al chocar en el suelo, se convertían en granos de cielo que renunciaban a la negrura de las alturas. Aún se podía reconocer, si las miraba teniendo como contraste la fachada del vecino mientras caían, una gota diferente de otra. La luz de las ventanas ayudaba a considerar la intensidad que adquiría el ritmo de la lluvia.

—¡Ay! Espera.

—Sin prisas, María. Quítate esta ropa, el delantal, tíralo por aquí.

—Deja que te coja. ¡Carme!

—Estamos las dos, María. Te llevamos a la cama.

—En la silla de arriba, en mi cuarto, hay ropa limpia. ¡Ay!

De nuevo el cielo se aclaró con relámpagos que lo cruzaban horizontales, rápidos como serpientes de luz, para al final volverse como rayas verticales que se clavaban en la tierra. Caían en la parte del río, como si fuera su camino más corto entre el choque de las dos masas de nubes negras y la tierra. Desde aquel lugar, al cabo de poco tiempo, el bramido de los gigantes que luchaban por apoderarse de la tormenta llegaba a casa y asustaba a Llamp. Yo lo vivía hechizado, embrujado por tanta belleza tenebrosa.

...

...

Madre habló con Perona. Perona habló con Borja y otros amigos. Mi hermana fue la primera mujer de mi pueblo en estudiar huertos en aquella escuela[2]. Al terminar, combinando los conocimientos aprendidos con la experiencia práctica de Voro, se hizo cargo de las fincas de casa e incluso de las de Voro. Hoy sigue llevándolas ella.

Los vecinos, labradores del pueblo, acuden a mi hermanita para asesorarse cuando tienen dudas, quieren introducir innovaciones o surgen problemas.

Está casada y tiene dos niños y una niña, mis sobrinos.

Mossèn Cinto se negó a ponerle otro nombre que no fuera María.

Daba igual. Para nosotros es y siempre será: Pluja.

 

 

[2] La primera mujer graduada en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos, en 1939, fue Isabel Torán Carré, fue la segunda ingeniera de España, después de la Ingeniera Industrial Pilar Careaga.

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