El atraco

El atraco

...

Lorena terminó de vestirse con atuendo que podía parecer militar. Botas claveteadas con la punta metálica, algo sucias de sangre, por haber pateado caras de inmigrantes negros la noche anterior. Pantalones anchos de color caqui, con bolsillos a los lados, ceñidos a los tobillos por una goma elástica. Sobre el sujetador un fino jersey de algodón, verde, apretado a su cuerpo y sobre este una zamarra de cuero marrón haciendo aguas grises. De sobre la cama recogió la nueve Parabellum, puso el cargador con un golpe seco al final y la amartilló para que la primera bala entrase en la recámara. La contempló negra, fría. La acarició. Con suavidad ciñó la pistola a su espalda, dejándola sujeta a la cintura por el pantalón, con la empuñadura vuelta a la derecha. Se sentía cómoda con el hierro presionándole la piel, segura, superior.

Isidro calzó las botas negras de ribetes metálicos con parsimonia. Ajustó cerca del empeine la goma elástica de los pantalones azules, anchos, que le permitían elevar la pierna lo suficiente, cuando repartía patadas en los enfrentamientos con los fachas. Se ajustó la correa ancha en el pantalón; tenía esta una hebilla repleta de aristas dañinas, algo desgastadas. El torso lo cubrió con un jersey negro, ceñido, de algodón, que resaltaba su musculatura. Finalmente, vistió una cazadora de cuero negra, ancha, repleta de bolsillos. Con seguridad recogió la nueve milímetros que yacía sobre la cama e insertó el cargador hasta oír un clic. Balanceó el percutor para que la primera bala se alojara en la recámara y lo acompañó a su posición original, dejándola lista para su uso. Con precisión alojó la pistola a su espalda y se sintió cómodo, sintiéndola sujeta en la cintura, protegido, dominador.

...

Scroll al inicio