El extranjero

El extranjero amaneció a la vida en una noche de luna llena, a la hora en que la marea del pequeño mar que lo recibió en su playa transportaba conchas de azulado nácar más allá de sus educadas olas. La mujer que lo portaba se situó justo en la frontera de los elementos y, firmemente apoyada en la tierra, fina arena en constante movimiento, dejaba llegar las olas hasta su cavidad de forma que actuara el agua como natural lubricante que mitigara su dolor. Resbaló, pues, la naciente vida, desde las aguas rotas hasta las aguas que rompían delicadas entre los muslos de su madre y, sin traumática transición, fue hijo de la tierra donde su madre se apoyaba firme y del mar del que salió para recibir su primer soplo de aire.
La mujer eligió una pequeña y afilada valva para cortar el cordón que aún los unía y realizó dos nudos, uno en el recién nacido y otro en una pequeña cuerda con la que ató el natural utensilio al cuello del niño. Recogió la placenta, la llevo a un pequeño roquedal de los que flanqueaban la playa y la dejó en el agua para que sirviera de comida a pequeños sargos, fuertes doradas, escurridizas lubinas, inteligentes cangrejos y a multitud de pececillos que comiéndola, incorporándola a su ser, por un tiempo fueron madre y también, a la vez, fueron hijo. Este fue el festín con que la vida celebró el nacimiento, mientras la mujer con el niño regresaba junto a los suyos que, arriba en el camino, esperaban para marchar lejos, hacia el poniente y tierra adentro, perseguidos por una de tantas sinrazones.

El extranjero fue niño en tierras de secano donde los ocres convertían en rareza el azul que, en forma de concha, siempre pendía de su cuello. En su niñez fue despreciado por los autóctonos de su edad, como despreciados fueron sus padres y parientes durante los primeros años. Los hombres de su familia eran continua ausencia que se prolongaba sin transición día a día, sin cadencias semanales, sin vísperas de asueto entre jornadas de trabajo que marcaran dedicaciones distintas. Las mujeres, siempre presurosas, lavaban y tendían grandes cantidades de ropa ajena de monótonos colores, que contrastaban con sus exiguos ajuares. En su momento, el extranjero acompañó a sus padres al templo y, en los ritos, tanto él como su familia, ocuparon durante muchos años los lugares más alejados de la luz, donde otros como ellos formaban una masa anónima de murmullos; un remedo de oración ininteligible, dirigida a dioses telúricos que les eran extraños.
Los niños del lugar gustaban de rebozarse en cálidos barrizales cercanos a sus casas y no comprendían por qué el extranjero caminaba muchos días largas distancias para perder el tiempo sumergido en un pequeño río de limpia agua fría. Lo miraban extrañados cuando volvía tan limpio de cuerpo como limpio de mirada.
Trataron de acercarlo a sus gustos instruyéndole en la caza de la serpiente o en la búsqueda del lagarto. Le invitaron a contemplar peleas de escorpiones y le enseñaron a derribar grajos a golpe de piedra. El extranjero, aunque dominaba las técnicas con facilidad y aprendía con rapidez, no se apasionaba en estos juegos y los miraba con distante indiferencia.

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