El extraordinario y portentoso caso de la mujer levitante
...
Fue en ese momento. Exactamente ese día y ese momento cuando sucedió. Dalia se asustó. No es que no le hubiera sucedido antes. De hecho le venía sucediendo con bastante asiduidad en los últimos tiempos. Pero nunca así, tan, tan, tan de pronto, por un sólo pensamiento y en público, entre gente, sin que ella ni nadie pudiera ejercer ningún control. Giró la cabeza rápidamente para confirmar que nadie se estaba dando cuenta. Miraba hacia todas partes, nerviosa, intentando no parecerlo. A su lado nadie había reparado en ella y todos seguían indiferentes a sus movimientos. Tal vez alguno se quedó mirándola, como quien no tiene nada más que hacer, y la vista, perdida al frente, había quedado sobre ella por un casual, más no porque la observara. Dalia notó cómo el corazón le corría desbocado y trataba de controlarlo sin conseguirlo. Respiraba profundamente a la vez que trataba de aparentar que respiraba normal. Dalia, ya sin saber que hacer, lo aceptó, como otras veces, sin tratar de entenderlo ni de controlarlo, como había aprendido a hacerlo. Esto la serenó y la anonimó de nuevo, volviendo a ser un rostro más, inexpresivo, acorde al resto de rostros inexpresivos que la rodeaban. No obstante, el hecho seguía, continuaba, estaba ahí. Era apenas un milímetro, quizás menos, medio o algo así. Estaba levitando.
Todo había empezado hacía apenas un año. Dalia era normal. Siempre lo había sido. Nunca se había metido en situaciones que pudieran desembocar en la que se encontraba ahora. Ni creía ni dejaba de creer en fenómenos como el actual. Nunca se le habían pasado por la cabeza. Sabía de su existencia, pero como quien sabe que en la lejanía existe algo que no afecta ni afectará a su vida y, por tanto, lo mantiene como un conocimiento vago, ajeno.
Hacía un año poco más o menos se había puesto en Amo. Es decir, se había entregado en cuerpo y alma a una persona a la cual tenía por su Dueño. Podía haber tenido un amante. Podía haberse enamorado de un jovenzuelo, de otra muchacha, podía haber optado por relaciones esporádicas que no trascendieran más allá de cada encuentro, podía haber buscado algún otro tipo de relación de las muchas que surgen todos los días en los otros. Pero no, la vida y su querer le habían llevado un Amo y en ello estaba. Este hecho, el de entregarse a la voluntad a su Señor es lo que traería a continuación que, junto a ella, su voluntad, también entregara su cuerpo, sus creencias, sus limitaciones y, en fin, todo lo que la comprendía y afectaba. Hasta tal punto era la entrega, que ya todo cuanto le sucedía, ocurría por la voluntad de su Dueño.
...