El sorteo
A las diez y media de la mañana parecía que había suficientes toros para la corrida. Desde la madrugada, los veterinarios observaban incansables los toros en los corrales e intercambiaban miradas. Se expresaban con algún alzar de cejas que tanto podía ser de indiferencia como de ligero desacuerdo. De cuando en cuando se escuchaban pequeños comentarios medidos hasta la mínima entonación.
Olmedo, el empresario, solo en un rincón de los pasillos elevados, no perdía detalle. Tenía un ojo puesto en las idas y venidas del equipo técnico y el otro repartido en cada toro. A medida que transcurría el peritaje, más se convencía Olmedo de que no pasaba la corrida completa. Tanto apartar a unos en estos corrales y a otros en los de más allá no era buen presagio.
Por fin, acabadas las deliberaciones, cada veterinario emitió su dictamen, a resultas del cual quedaron aprobados para la corrida, de los quince toros observados, cinco de Afrodisio Martínez, la ganadería anunciada, y uno del Marqués de Sardápalo. Los sobreros eran uno de La Nivala y el otro de la ganadería de Los Azucarillos.
El empresario respiró aliviado, ya que, si bien en total eran cuatro los hierros que componían el festejo, al menos cinco toros de lidia ordinaria correspondían a los anunciados en los carteles con lo que, salvo sorpresas de última hora, no había motivo para devoluciones de entradas ni ausencia justificada de ningún diestro contratado.
A las diez cuarenta y cinco, el mayoral de la plaza, con cariño y presteza, juntó los cinco toros seleccionados de Martínez, dejando el rechazado de esta ganadería en el corral de los escrutinios, y los llevó a la corrala donde serían examinados por los profesionales. Allí se confeccionarían los lotes por emparejamiento para el sorteo.
Perdigonero, negro, bragado, con más de seiscientos kilos, fue el primero en darse cuenta del cambio de rediles y, considerando que en tal trance el grupo necesitaba un líder, asumió él la responsabilidad de serlo para que todo saliera bien y quedara en buen sitio el hierro que orgullosos portaban en las ancas él y sus hermanos de camada.
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