Ganado

Hay nombres en el mundo del toro que suenan a momentos de gloria. Son nombres que todos conocemos e instintivamente buscamos cuando se publican los carteles. Miura, Victorino, Pablo Romero, Conde de la Corte y, como no, Atanasio, son nombres míticos en la tauromaquia actual, como en su momento lo fueran Veragua, Vistahermosa o Carriquiri.
Algunas ganaderías, además de fama, tienen tradición. El "lunes de resaca" no sería tal sin los Pedrajas de Guardiola. El abono de S. Fermín no estaría completo sin la corrida de Miura. Del mismo modo, la temporada en Valencia no es lo mismo sin lo de Atanasio.
Junto a estos nombres hay otros en la cabaña española completamente desconocidos. Sus toros no se lidian en plazas de postín. En los carteles no aparecen como grandes reclamos, al lado de las figuras del momento. Son los ganaderos humildes, los que venden los toros para correrlos en pueblos.
Hay una ganadería en el corazón del Maestrazgo que en su hierro exhibe con orgullo la Y de Ybarra. Está atendida por el propietario, que es a la vez mayoral, vaquero, vendedor, conductor del camión, jefe de compras, administrativo y peón de la limpieza. Le ayuda su mujer, una serrana de cuarenta que, a pedradas lanzadas de sobaquillo, se maneja sobradamente con treinta o cuarenta toros cuajados de cuatro y cinco años. La plantilla la completa la hija del matrimonio la cual, sin recursos en la familia para seguir estudios, se integra en el negocio familiar desde abajo, es decir, llenando los comederos, apartando los bueyes y limpiando lo que dejan unos pocos animales, base del sustento  del cortijo.
Estos ganaderos humildes no tienen, por supuesto, caballos que los ayuden. Se conforman con dos mastines y tres "perros chuchos" que les reúnen las puntas de ganado con eficacia y alegría. Con estos medios humanos y de animales, todos los años, allá por el Corpus, trasladan a las hembras, los añojos y los utreros unos doscientos animales en total, hasta una montaña en frente de Valdelinares. La trashumancia aún se realiza a pie, por veredas agrestes y barrancos escarpados, huyendo de núcleos civilizados a los que, por la falta de costumbre, pudiera espantar tanta cornamenta.
Esta ganadería no lidia en plazas. Está enclavada en un barranco preñado de encinas con un ínfimo riachuelo. No tienen corredera, aunque si placita de tientas y corrales para el embarque. En su día fue vendida por un marqués a unos lugareños, que no adquirieron antigüedad junto a los toros.
Con todo, año tras año venden sus toros. En los pueblos se les reconoce la honradez en el producto y los clientes acuden a elegir el toro que "embolarán" en fiestas. No pretenden ser más de lo que son, pero sí que quieren mantener el nombre y el prestigio de su hierro, en el ámbito en que se desenvuelven.
Cada vez que veo a un toro de gran encaste caerse en la plaza, antes de que haya motivos para ello, recuerdo con cariño a esta familia honrada. Cada vez que veo unas astas de punta roma, cuidadosamente embadurnadas de grasa, no sea que rasguen la seda del petimetre de turno, añoro el pundonor de aquel hombre que mata todo lo que sale de su casa.
No pretendo ignorar que la bravura reside hoy en los grandes encastes conocidos. Lidiar toros de ganaderías salidas del deshecho no es la solución. Tampoco pretendo menoscabar la labor de los ganaderos que, con medios, raza, tradición y nombre en su casa, lidian lo que producen. Pero si, espero que la labor se haga con honradez. Si deseo que el producto por el cual pagamos, el toro, salga entero y que no se caiga.
Queramos o no, cuando buscamos un nombre en los carteles, es porque tenemos la relativa certeza de que detrás de él, salga como salga la corrida, hay un aval de calidad.

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