La culpa, los otros y el perdón. - II : La culpa - Segunda parte
Lo primero que oyes en los aledaños de la plaza es: «Si es que la culpa es nuestra», acompañado de «Lo que deberíamos hacer es..». No son suficientes las que uno se trae de casa, además también tiene la culpa en el coso.
La primera culpa del aficionado es —¡Cómo no!—, acudir a la plaza. Ya este hecho lo hace sospechoso de algo, un algo que ya en su momento, según se vea, se concretará, o no. Pero, de momento, ya se sospecha de él. Tú, te levantas de una comida en la que estás acompañado por personas con distintos pensares y dices que te vas a los toros. De entrada, ya eres mirado como que vas a realizar algo sospechoso, algo que no es habitual para el común de las gentes y, por tanto, susceptible de ser investigado.
El aficionado es culpable de la confección de los carteles. Si oyes al empresario, la culpa es de la gente, él se limita a contratar lo que pide el público, no del público como un abstracto, sino lo pedido por ti, su interlocutor, al que se dirige. Nada más lejos de la voluntad del empresario que hacer carteles a los que no se acuda, ya que perdería dinero y no estamos para perder.
El ganado que se sirve es el que pide la plaza. Cada plaza exige un tipo de toro y se le sirve lo que demanda. La plaza se concreta en un ente físico y una voz identificable, tú, que eres quien ha opinado, o no. Si luego el ganado no da el resultado esperado, la culpa, por supuesto, es del aficionado de esa plaza. Para ser exactos, tu culpa, que pides ese tipo de toro, aunque ese no sea el toro que tú pides.
El horario de la corrida viene impuesto por las costumbres del individuo, que viene a determinarlo como sujeto singular. La culpa de que se celebren las corridas con demasiado calor o la culpa de que se haga de noche en el coso, es de las personas que prefieren esa hora y no otra, en que están ocupadas en menesteres tales como trabajar y similares obligaciones.
La negación u otorgamiento de orejas, es culpa de cada uno de los asistentes a la corrida. En el primer caso, por no pedirla, en el segundo, por pedirla. Si oyes a los presidentes igual te dicen «No había suficiente petición», que «Había una petición mayoritaria». Cuente usted y averigüe, pero la culpa es del que saca o no saca pañuelo. El efecto de ambos casos, dación o negación, traerá consigo el irremisible declive de la tauromaquia, por culpa de los peticionarios o «negacionarios», según cada uno.
La culpa de que no se den vueltas al ruedo a toros extraordinarios, no nos equivoquemos, es del aficionado. Oirá usted decir «¡Claro! Como usted no la ha pedido». «¡Pida usted la vuelta!».
No digo ya quién es el culpable de los indultos de los toros. Cuando uno sale de la plaza, con el ánimo exaltado porque ha visto embestir a un toro de una forma extraordinaria, siempre hay alguna voz que le echa la culpa a todos los asistentes y cada uno de ellos en particular, del desaguisado cometido. Al parecer, por culpa de mi íntima emoción, soy culpable de la posible desaparición de la bravura en el toro de lidia, por haber pedido aquel indulto. En el caso de no haber pedido el indulto, mi culpa intransferible es, no contribuir al mantenimiento de la bravura en la cabaña brava.
Hay más culpas en el aficionado. Por resumirlas mencionaré tan solo algunas:
El precio de las entradas, no nos equivoquemos, es del aficionado; el pliego de concesión, es como es, por su culpa; hay un culpable de los premios que se dan, o deniegan, al final de cada temporada; evidentemente es el aficionado.
No exageremos, hay cosas de las que no se culpa al aficionado: el estado de la arena del coso, la longitud de la manguera de riego, la duración de cada luz en los semáforos próximos a la plaza, el estado del pavimento en las inmediaciones de la misma. Pero se está estudiando.
Publicado el 31/12/2024, nº 238 en: