Los pases soñados

Los pases soñados

Don Higinio era hombre de paz, familia y pausado hacer. Su ocupación oscilaba entre el ver pasar los años detrás de la ventanilla y unas magras cuentas de pequeño taller llevadas en el asueto vespertino. La en su momento incipiente alopecia, ahora convertida en cincuentañera calva, le hacía parecer más bajito y rechoncho de lo que su uno cincuenta y ocho reclamaba. Sus frases más repetidas a lo largo del día eran, cómo no, "Sí, Don José"; "Sí, María"; "Como digas, amorcito"; "A su disposición, Don Gualberto"; "Como mandes, cariñín".
La mayor transgresión de su vida consistió en conocer hembra por medio de intercambio pecuniario, entre carcajadas de compañeros de cuartel.
Era aficionado a los toros. En los ratos de almuerzo daba la razón con callados asentimientos, ahora a su inmediato superior que decía Juan, ahora al superior de su inmediato superior que decía José.
En los momentos previos al sueño, arrebujado entre sábanas, se imaginaba a sí mismo con valor y suerte. Se imaginaba haciendo el paseíllo en Las Ventas y dictando trayectorias de larga curva a toros indomables. Nunca nadie le preguntó qué sería para él lo más grande del mundo, pero, si se lo hubieran preguntado, sabía que la respuesta sería: "Salir a hombros por la puerta grande de las Ventas". Su ensueño era haber sido torero, pero desde la seguridad, sin tener que pagar el precio de querer serlo.
Una noche de mayo, incapaz de dormir por la excitación que traía de la plaza de toros, rumiaba los pases dados por el triunfador. Como siempre, se imaginaba a sí mismo dándolos, en medio del más delirante silencio de asombro. Llevado por su delirio, se levantó de la cama y cogió el mantelillo de la mesita de noche.
Ya no estaba en la penumbra de su habitación, ya era un lidiador en plaza y tenía delante el más bravo de los toros jamás soñado. Se lo veía a la distancia de diez metros. Él, seguro de sí mismo, desplegaba el capote con lenta donosura, mejor dicho, el mantelillo.
Se imaginaba estar frente a la res cara a cara. Con los pies juntos, avanzaba los brazos para citar de frente y sin mentira. Se arrancó el toro, venía al galope y él, sin enmendarse, adelantó la pierna contraria para cargar la suerte a la vez que movía el capote lentísimamente, conduciendo la embestida hacia detrás de su cintura. Tras esta primera verónica vinieron seis más, a cuál más ceñida, pulcra y pausada. En un alarde de ilusión, llegó a imaginarse incluso clavando banderillas y, hasta tal punto el imaginario público avaló su acción, que creyó rumorear en sus oídos los sones de "El Gato Montés", para acompañar su segundo tercio.
Llegó el momento del brindis y se lo dedicó a la más dulce, complaciente y bella mujer conocida, la que fue su novia treinta años atrás y ahora era su mujer.
Se dirigió a los medios con la muleta en la izquierda. Citó de largo y se le vino el toro. No se arredró ni un ápice, sin enmendar ni cambiar los terrenos, le instrumento ocho naturales que en el futuro serían ejemplo y envidia de la profesión. Dio el tres en uno, el de las flores y molinetes, trincherillas y el de castigo, manoletinas y doblones.
Mató, por fin, recibiendo en los medios y el toro dobló sin derrame antes de que llegara nadie de su cuadrilla.
Salía en hombros, llorando, cuando se dio cuenta de que la habitación ya no era de penumbra. Bajo la luz mortecina de una bombilla que iluminaba el pasillo de su casa, se sintió ridículo, con los brazos levantados, saludando, mientras su mujer le miraba asustada, sentada al pie de la cama.
Recordó haber oído que alguien le decía "Pero que haces Higi, ¿te has vuelto loco?" y recordó haber contestado algo así como; "Calla mujer, no ves que es mi momento de triunfo".
Bajó los brazos avergonzado. Murmuró algo sobre el perdón y se volvió a acostar. Mientras esperaba el sueño, aterrado, no paraba de decirse: "Que Don José no se entere de esto"; "Dios mío que no se entere Don José, que me quitará de la ventanilla",;"Si se enteran me la cargo"; "Si alguien se entera, qué dirán".
A la mañana siguiente, avergonzado ante la mirada adusta y recriminante de su mujer, se atrevió a pedirle: "María, por nuestros hijos, lo de anoche no lo cuentes. No lo digas, por lo que más quieras".

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