Los toros que habitan en mí

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—Felicidades, Mondéjar. Ha estado usted muy bien esta tarde.
—Gracias, Maestro. Los toros han acompañado.
El reconocimiento del viejo matador es sincero. El agradecimiento de su apadrinado, el Cinqueños, también lo es.
—Usted dirá Rodrigo ¿Qué le preocupa?
Antes de contestar, Rodrigo Gaspar Mondéjar, el Cinqueños, mira repetidas veces a su alrededor para confirmar que nadie puede oírles. Convencido de la privacidad de la conversación, se acerca hacia su maestro y baja la voz.
—Maestro... Esto... Oigo voces.
Cienpasos se mantiene impasible, con la cabeza ligeramente ladeada, como esperando que su discípulo continúe.
—¿Y...?
—Pues eso, Maestro. Que oigo voces.
A Manuel Escriche le tienta seguir por el camino de las preguntas lógicas que, ante tal hecho, se deben formular: ¿Voces de quién? ¿Cuántas? ¿Qué dicen? ¿Desde cuándo?
Opta por una cualquiera para que Rodrigo sea quien encauce el tema libremente.
—¿Cómo que oye voces?
—Dentro de mi cabeza.
—¿Siempre? ¿A todas las horas?
—No. Sólo cuando estoy en la plaza con el toro. También, algunas veces entrenando o en el campo. Raramente cuando estoy solo, pensando en la próxima corrida. El resto del tiempo me dejan en paz.
Rodrigo se acerca más al Maestro, como gesto de llegar a una cierta complicidad con él.
—Mondéjar. No se preocupe. Es así.
—¿Así? ¿El qué?
—Las voces.
—¿Entonces no estoy loco? ¿Esto va a continuar?

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