Valor
El valor, en los toros, es fruto de la reflexión que lleva al conocimiento, la experiencia, el miedo y el público.
La reflexión, que aporta conocer de antemano el transcurso de los hechos, con las variantes que puedan producirse en su devenir, y ser consciente de las consecuencias, es imprescindible para que aflore al valor. Sin este componente, cualquier cosa que se haga delante de un toro es fruto del no conocer, es decir, de la inconsciencia. Un pase, un desplante, un quiebro, cualquier riesgo que tome el diestro, si este no ha reflexionado sobre lo que puede ocurrir, no es un alarde de valor, sino el histrionismo de un ignorante.
La experiencia que conforma el valor, pasa por el dolor y la humillación. Cuando un joven sabemos que despunta con el percal y muestra buenas maneras, en los corrillos se comenta: "¿Hay torero?"; a lo cual se contesta irremisiblemente: "Habrá que esperar a la primera cornada". Excepción hecha de Pedro Romero, del cual se cuenta que toreó seis mil toros sin sufrir un solo rasguño, la gran mayoría de toreros demuestran su voluntad de serlo en el tálamo del suplicio. Sentir la carne rota, no sólo en el hospital, sino cada tarde momentos antes del paseíllo, rascarse el muslo antes de vestir las luces, seguir con el dedo el surco irregular de la casi muerte y sobreponerse a ello, consciente de que dentro de un rato puede repetirse de nuevo, es necesario para ser torero. Arriesgar hasta lo indecible, para salir bien librado con estas experiencias pasadas, es valor, sin ellas, atolondramiento sin sentido.
El miedo, o mejor, los miedos, atenazan, paralizan y obnubilan. Pero el miedo lo lleva dentro el torero y superarlo es superarse a sí mismo, no a las circunstancias. Los componentes de lucha y victoria, que forjan al héroe clásico, toreramente literario, son necesarios para que sus actos se revistan con el hálito del valor. El matador, para luchar y vencer al toro en la plaza, antesdebe haber vencido la sombra del toro, el recuerdo de sus embestidas, al espectro de sí mismo vencido, ya por el asta, ya por la vergüenza de su no saber hacer. El miedo es, en suma, el primer condimento del valor y superarlo es ya de por sí un acto valeroso. Toreros con miedo son toreros de valor, sin él son núbiles donceles que alardean por temeridad.
El valor necesita testigos. Una gesta, por extraordinaria que sea, nunca será un alarde de valor si no hay quien la contemple y así lo sancione. Una acción que quien la realiza puede considerar sin la menor importancia o, al contrario, puede considerarla como un alarde de valor, no es ni lo uno ni lo otro si no hay un colectivo que la testifique, la compare con sus recuerdos y, a tenor de estos, la califique. Quizá este aspecto del valor, estar con un toro ante el público, es el menos apreciado. A todos se nos permite, en nuestro cotidiano devenir, ocultarnos tras gestos y máscaras que protegen y salvaguardan nuestras intimidades, debilidad y, sobre todo, miedos. Al torero esto le está negado. Puso Belmonte en pluma de Chaves aquello de "Se torea como se es". ¿Hemos pensado qué significa esto? ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a mostrar nuestra alma desnuda ante quince o veinte mil personas, sin tapujos y sin posibilidad de esconder nada de cómo somos, ni los más recónditos terrores? ¿Cuánto valor hace falta para salir al tercio y con gestos decir: "No soy de otra manera, no puedo serlo, el toro lo notaría"?
Hace falta valor, mucho valor, para aceptar que un crítica no se dirigirá a nuestra máscara, sino a lo más íntimo del ser. Hace falta valor para exponer, no sólo el cuerpo a las astas del toro, sino el espíritu para que sea desgarrado por el ¿respetable?