Barbas
Los toreros no usan barba. Esto puede parecer intrascendente, pero, cuando es una actitud generalizada, no puede por menos que llamarnos la atención. Algunos se atreven con un correcto y decimonónico bigotillo. Los hay que peinan abundantes cabellos y alguno queda con algo de patilla. Pero barba, barba, lo que se dice barba... no. Parece como si corriese una consigna pareja a aquella tan desafortunada de "los rojos no llevan sombrero", pero con barbas. Vendría a decir algo así como "los toreros no llevan barba.". Aguijoneado por la curiosidad, me he puesto a buscar barbas entre dibujos y retratos de toreros antiguos y la cosa no es fácil. Abundan las patillas magnas y ampulosas. El mismísimo Pedro Romero las lucía grandes, hay grabados en que parece que le lleguen a los labios. Pepe Hillo lució unas dignas, acorde con su época. Francisco Montes "Paquiro", las ostentaba cubriéndose más de media mejilla. Grandilocuentes eran las de Manuel Domínguez "Desperdicios" que, excepto labios y barbilla, ocupaban la faz por completo de un pelo rizado y revuelto. En un cartel de toros correspondiente a la corrida del 18 de mayo de 1879, en Málaga, aparece este "Desperdicios" con la barba cerrada, pero sin bigote. Goya en sus aguafuertes plasma barbas, pero en moros, época anterior a Pedro Romero.
La caballería en este caso es aparte. La mayoría de toreros de a caballo, sobre todo en el XVII y XVIII usaban perillas, bigotes más o menos cubridores o nobles barbas. Hoy en día se han sumado a lo general y rasuran su vello como todos.
La cuestión es peliaguda precisamente por la falta de pelos. El bigote o la barba, que hasta muy recientemente eran símbolo de virilidad, no aparece en aquellos rostros que se pretenden como más viriles. La imagen del torero se ha asociado tradicionalmente a la hombría y al machismo. La barba también. Pero no aparecen juntos toreros y barbas.
Las barbas asoman en todos los campos de la vida. Hay barbas entre políticos, médicos, albañiles, maestros, carpinteros, herreros, administrativos, vendedores, funcionarios, sacerdotes y sobre todo en santos. Hay muchos santos con barba. A Jesucristo nadie lo reconocería sin barba y las representaciones que realizan los pintores y escultores de Dios, en la gran mayoría, lleva luenga barba. Todo esto en este siglo, porque en el siglo pasado mucho más. Pero los toreros no, los toreros no llevan barba.
Hay rostros de torero en los que no cabe la barba. No imagino a Manolete con barba, ni a Domingo Ortega. Por supuesto, el mentón de Belmonte, que se le hizo como se le hizo de tanto cargar la suerte, nunca se podría ocultar tras una barba. Pero hay otros que si. Me resulta fácil imaginar a un Antoñete de cana barba o a Arruza con un gran bigote. Incluso a Ignacio Sánchez Mejías la barba le hubiera reforzado su toque intelectual. Pero no, no hay manera de encontrar toreros con barba.
Quizá la explicación sea simple. La barba tapa, esconde, disimula, oculta, encubre, entapuja, elude, disfraza y con estos principios no se puede hacer toreo. Quizá la explicación no sea tan clara. Si seguimos los argumentos de Julián Pitt-Rivers, el torero cuando aparece en la plaza juega un rol femenino, que irá cambiando a masculino a medida que adquiera, a través del toreo, la virilidad del toro, símbolo este de la fertilidad masculina y, por tanto, en su papel femenino, no puede aparecer en la plaza con los más claros atributos masculinos.
No lo tengo claro, pero lo que es evidente es que los toreros no usan barba.