El algoritmo
Es la palabra de moda. Significa, en sentido estricto, “Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”. Podemos encontrar un sinnúmero de definiciones, todas en un sentido similar: “Serie finita de pasos no ambiguos, que realiza una tarea concreta en un tiempo finito, previendo todas las situaciones posibles.”.
De hace un tiempo a esta parte, más que una palabra parece una amenaza. Se nos avisa de que nuestra vida va a ser condicionada por los algoritmos. Se nos advierte que si vamos a pedir un préstamo, va a ser un algoritmo quien nos lo deniegue. Se nos alerta sobre un posible rechazo para ocupar un determinado puesto de trabajo, en base a un algoritmo que decide sobre nuestros datos genéticos. Se nos alerta sobre una posible subida en el precio de nuestros seguros, en virtud de lo que pronuncie un algoritmo.
Tomemos un algoritmo simple. Tiene como elementos input de datos, operaciones, una decisión y un output con dos opciones. Inputs :bienes que tiene una persona, derechos de cobro que posee y deberes de pago a que está sometida. Operaciones Suma de bienes y derechos y resta de deberes de pago. Decisión ¿El resultado es un número positivo? Output En caso de serlo “Sí” en caso de no serlo ”No”. Como resultado de aplicar este algoritmo, se nos dará o no un préstamo. Ahora bien, este algoritmo se viene utilizando desde el siglo XIV cuanto menos. Desde que existen préstamos a través de una banca “moderna”. La única diferencia con la actualidad es que las operaciones se hacían con ábaco o manualmente y ahora se realizan con una máquina eléctrica. Pero el proceso y el resultado son exactamente el mismo.
En las minas de carbón del norte de Europa, desde el siglo XVIII, se rechazaban como trabajadores a los hombres que tuvieran los ojos azules. El motivo era porque este color de ojos está asociado a un gen recesivo que les hacía proclives a padecer enfermedades generadas por el trabajo minero. En las minas existía un protocolo, es decir, un conjunto de pasos y decisiones que debían seguirse en la contratación, para rechazar a quienes tuvieran estos genes.
En la contratación de pólizas de seguros, sea cual sea su finalidad, desde su origen se sigue una serie de pasos y cálculos preestablecidos que determinan la cuantía a cobrar, o incluso la no contratación de la misma. Nadie antes se quejaba de que existieran estos algoritmos para que se tomaran las decisiones.
Ejemplos de algoritmos con los que convivimos desde siempre los encontramos en los protocolos del ejército, en conventos o en los distintos rituales que se siguen en todos los ámbitos. El derecho, en su faceta procesal, no es más que una sucesión de algoritmos que se deben seguir para garantizar las libertades y la delimitación de responsabilidades.
Podríamos pensar que no son los algoritmos el peligro del que se nos avisa, ya que convivimos con ellos desde siempre. Es más, son intrínsecos en la actividad humana. Desde cómo y cuándo sembrar, hasta cómo y entre cuantos cazar un ciervo, tal vemos codificados en las paredes de algunas cuevas, son algoritmos que nos ayudan y han ayudado.
Hay una insistencia en demonizar el algoritmo, quizás porque en él hay pasos que implican toma de decisiones y estas no las toman personas. Pero no nos equivoquemos, tampoco decidía el contable a quien la suma le salía negativa a la hora de negar un préstamo, ni decidía el capataz que rechazaba a los rubios "ojiazulados", ni decidía el corredor de seguros cuando, tras el infarto de una persona obesa que fuma, se le ordenaba aumentar la prima de la póliza.