El baile de la dama de la muerte
Nunca supo qué sentía primero, si el tacto especial de la arena bajo las zapatillas o la presencia de la muerte intuida en el centro de la plaza. Cuando llegó al tercio la vio claramente, como todos los días, como en todos los paseíllos. Allí estaba la negra dama vestida de transparentes y volátiles gasas, apenas visible desde los tendidos y tan perceptible para él, vestido de seda. Avanzó hacia la presidencia y, como siempre, en los medios, sintió la necesidad de enamorarla, hacerla suya fundiéndose en un sólo ser, unidos, matador y muerte.
El clarín le sacudió la espina dorsal como un latigazo. Se negaba a hacer ningún gesto, mucho menos a mirar la negra oquedad por donde su cárdeno rival la haría suya ante sus ojos. Al fin, el crescendo de murmullos le anunció la presencia del toro y no pudo resistir más la tentación de mirarlo, de inundar sus ojos ante su presencia. El espectáculo le anuló completamente. El sentimiento de impotencia se le acentuó al ver la expresión de la dama: ella estaba fascinada. Se entregó al toro inmediatamente y sin reparos. Gozosa se unía a él mientras despectivamente le susurraba al torero.
- Mira. Contempla el amante que deseo hoy. Diez veces mayor que tu. Fíjate en su fuerza. Fíjate en este pelo cárdeno, suave y terso en el que me envuelvo. Mira como me acomodo en su cuerpo fibroso y vareado. Contempla cómo hago mío su sexo mientras me introduzco en él y me instalo en la punta de sus astas. Observa como me luce cuando le acompaño en la plaza y cómo todos los que lo miran van diciendo: “Ahí va un buen mozo y la muerte va con él”.
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