La batalla de la casa de la gloria

 En la Casa habitaba el viento de la grandeza y de sus paredes se desprendían jirones de señorío para revestir a sus habitantes con una tenue, indefectible pátina de esplendor. Sus formas y materiales habían sido concebidos para ser rozada con las yemas de los dedos, con los flecos de los vestidos, para ser rastreada con la mejilla. La plaza, las calles, el barrio incluso, adecuaban su ser, líneas y gentes de acuerdo a lo que impusiese la Casa en todo momento. En tiempos de austeridad destacaban sus líneas rectas y el arquitrabe de sus cornisas angulaba la plaza, excluyendo toda veleidad que asomase en forma de círculo. En épocas de desaforado gasto, los arcos de las ventanas imponían formas elípticas y convexas en las calles adyacentes. En ocasiones de arrepentimiento y sacrificio, las hornacinas, ahora vacías y antes repletas de doncellas, héroes y trasgos, invitaban a las casas vecinas a vestirse de vírgenes y mártires en forma de azulejos o pequeñas capillas de presurosa advocación.
La Casa anulaba la sensación de frontera y de esta forma no había transición real del exterior al interior. En contraste con las casas objeto que trataban de circundarla, era difícil establecer en qué momento se la contemplaba interiormente desde el primer patio abierto, o bien se permanecía ajeno a la misma desde una acera del mismo color y diseño que aquel patio. El individuo no era el sujeto de la visión, sino un objeto contemplado por estancias con ojos en forma de ventanas. Tenía, pues, la Casa, la propiedad de esparcirse, trascenderse más allá de sus muros, invitando a todos a que por un momento formaran parte de ella y que cualquiera encontrara a su paso un rincón en el que ser lo mejor de él mismo.
La Casa, como sujeto, capaz de elegir a quien la habitara, despertó desde el principio y constantemente envidias y rencores en otras casas, objetos de sus dueños, que sólo existían para ornar, cambiando su aspecto, a quienes con dinero pudieran comprarlas, vestirlas, anularlas, anonimarlas. Alguna de estas casas, montañas de lodos cocidos, cortados y amontonados, formando vanos, inocuos intentos de existir más allá de sus habitantes, trató en el pasado de enfrentarse a la Casa y al espíritu de la Casa, no para ocupar su suelo, sino el espacio que esta ocupaba en el alma de los hombres.
Se produjeron disputas, verdaderas batallas en las que se formaron bandos, se produjeron alineamientos en favor y en contra, se dividieron las gentes y se dividió el aliento de la ciudad, unos guerreando en pro de la Casa, otros en el partido de las casas objeto. Los más memorables enfrentamientos fueron aquellos que en la aurora hacían resonar garrotas y bastones por las callejuelas adyacentes a la Casa, justo frente a una pequeña iglesia proclive a celebrar rosarios a deshora. La Casa resistió y venció en todas las batallas, pues sobrevivir es vencer, pero ahora se enfrentaba a su hora más decisiva; ahora iba a librar el más decisivo de sus combates y esta vez se encontraba sola, deshabitada, sin poseer un poseedor.
...

Scroll al inicio