Tres encuentros

El territorio de juego era un vasto descampado en las afueras de la ciudad, junto a una pequeña estación de trenes de vía estrecha, donde se apilaban miles de troncos ordenados, formando cubos. Los troncos, cortados casi iguales, se disponían en capas sucesivas, una encima de la otra. Los que ocupaban la capa siguiente se disponían transversales a los de la anterior y cada tronco se colocaba junto al vecino poniendo la parte más gruesa donde el otro tenía la más delgada. Los que quedaban en los extremos eran fijados con grandes cuñas que impedían cualquier movimiento. Con esta disposición se formaban grandes moles cúbicas, dentadas, con escaleras en que cada capa era un peldaño y la altura total venía dada por la longitud de los brazos de los hombres que los apilaban. Entre las masas se dejaba el espacio suficiente para que los operarios pudiesen pasar no muy holgados. Estos espacios formaban pasillos interminables y, combinados con las pilas de troncos, todo el depósito asemejaba un laberinto de calles. Cuando se sacaba alguna pila para ser cargada en vagones que la llevaban a un destino desconocido, quedaba un vacío sembrado con los restos de la piel de los arboles que, como escamas abandonadas, formaba una alfombra en gama de marrones, densa, tupida. Estos huecos semejaban pequeñas plazoletas en medio de la maraña de corredores.
En este escenario, el juego que se practicaba era, evidentemente, el escondite. La pandilla de críos, amigos del barrio periférico vecino del descampado, a la que pertenecía Sebastián, se hacía notar, como todas, por los gritos agudos; por las voces chillonas que son propias entre los nueve y doce años.

 

....

...

La transgresión se hizo impulso en Leticia y cuando llegó al borde del agua se desnudó por completo para bañarse, por primera vez en su vida, completamente libre de ataduras y pudores. Inundó su piel de agua salada y revoloteó por entre vaivenes de las casi olas, como si ella misma fuera una onda más que volteara sobre sí misma, sumergida, belleza en la belleza. Durante algún rato distendió los músculos, chapoteó, dejó el cuerpo inmóvil, como dormido sobre el agua, llenó los pulmones de aire y bajó hasta el fondo para coger un puñado de arena especial, como sólo puede serlo la arena que se baja a buscar al fondo del agua. Dio volteretas ingrávida y, cuando la piel parecía quejarse de la inmersión, salió caminando lenta, majestuosa en la plenitud de su adolescencia.
Caminaba con la cabeza baja, frotándose los ojos con los nudillos para eliminar las últimas gotas saladas que comenzaban a molestarle. Ya afuera, en un gesto mecánico, puso los dedos en las sienes y apartó de la cara el pelo mojado, largo, sedoso. En el gesto abrió los ojos y quedó petrificada viendo ante ella, a pocos metros, un muchacho, como de su misma edad, que con la misma longitud de cabello, hacía el mismo gesto de apartárselo. Quedaron los dos frente a frente, desnudos, con las manos en las nucas y los codos a la altura de los hombros, mirándose.

....

...

 El espíritu de Alberto le abandona por sus dilatadas pupilas y se acerca más y más a la música gateando por entre otros que, como él, están en el mismo viaje. El aliento de Alberto sube al escenario donde se encuentra solo, entre paredes negras vestidas de vapor coloreado y se ve perdido en medio de un territorio hasta ahora para él desconocido, un espacio sin límites definidos en el que los sones tienen textura, las palabras sabor y la música es guía, camino y destino.
A su alrededor, las gentes son puertas y ventanas de luz por las que Alberto se asoma y contempla el interior mientras baila. En la primera ventana, a su derecha, ve a un hombre sentado en posición de loto, en medio de un recinto cuadrado en grises y, tras el hombre, un árbol frondoso que agita sus ramas acariciándolo al ritmo de la música. En la siguiente alma, vista por la ventana que es el ser que la contiene, contempla miles de tules blancos colgados de ningún sitio, agitados, ondulantes por un tenue viento y, cada uno de ellos, contiene sobre su superficie un pensamiento o un deseo de la persona que habita en la estancia. Continuando, varias ventanas más allá, una especie de Kali golpea con cada una de sus manos un instrumento de percusión distinto y acompaña con su ritmo frenético el de la música que todo lo preside. Tras una puerta que aparece a medida que se acerca ella, Alberto para y ve girones de lagos tornasolados que tan pronto son láminas horizontales de serenidad que siguen a la guitarra, como se vuelven cataratas ensordecedoras que persiguen al batería.
.

Scroll al inicio